Dorian Gray, Sean Connery y un pollo de 19
Recordé entonces lo que fue mi vida cuando tenía 19. Era definitivamente otra persona aunque eso sí, era la persona que tenía que ser a esa edad. Tenía tantas cosas en la cabeza, tantos sueños, tantas inseguridades, tantos deseos. La verdad es que no me debo quejar de mi vida ni de lo que he hecho con ella. De poco me arrepiento y no digo que de nada porque aquel que no se arrepiente de alguna cosa no ha vivido lo suficiente o no ha vivido con intensidad. He ido tomando el control de mi vida, cumpliendo mis sueños, demoliendo mis inseguridades. Creo que me parezco a lo que quería ser cuando tenía 19, aunque todavía tenga muchas cosas por cumplirme. Hay algo sin embargo que me persigue desde mi loca juventud que parece no madurar. Siempre he sido consciente de ello aunque últimamente se me ha hecho más evidente y que curiosamente afloró en mí la semana pasada en un hotel de Medellín.
Era de mañana y me estaba haciendo el nudo de la corbata. Me quedé contemplando mi imagen en el espejo, algo completamente normal (a veces los gay pasamos demasiado tiempo mirando nuestra imagen) sólo que esta vez fue un momento revelador: me quede mirándome a los ojos por algún tiempo, hasta que solté una risa. Continué luego con un escrutinio de mi cara (observando las imperfecciones de la piel, los contornos del rostro, el tamaño de la nariz, el color de mis ojos) casi como quien mira a un extraño (¿les ha pasado algo así antes, mirarse al espejo y ver esa imagen como si fuera ajena, como si se miraran desde adentro y no se reconocieran?). Al terminar la diligente inspección, y luego de notar que llegaría tarde al trabajo, concluí lo que ya sabía: mi imagen no se corresponde con la idea que tengo de mí mismo, sencillamente porque el espejo me dice que me veo mucho menor de lo que dice mi certificado de nacimiento y que sin corbata me veo como alguien que no llega al cuarto de siglo, cuando la realidad es que ya ando por los treinta y uno. Y la corbata no me suma muchos más años, hay que decirlo. En este mundo donde la juventud es un valor buscando con ansia entre cremas y menjurjes varios, yo no siempre soy feliz con mi jovial imagen, menuda contradicción. No puedo decir en todo caso que “siempre” me moleste, al contrario, me gusta cuando me piden la cédula a la entrada de un bar o el ver la cara de sorpresa de la gente cuando les revelo mi edad. Sin embargo, es un arma de doble filo: mis contemporáneos al verme no me toman en serio a primera vista, y los menores, cuando saben las primaveras que he visto, toman distancia. En mi trabajo donde la experiencia cuenta, los clientes que me ven por primera vez se sienten un poco intranquilos hasta cuando notan que sé de lo que hablo. Recuerdo que cuando tenía 25 (supongo que por entonces delataba menos de veinte) tuve una reunión muy importante con funcionarios de un prestigioso organismo internacional. Todos esperaban al consultor que venía a ayudarles a resolver sus múltiples problemas y en cambio llegué yo. Es decir, yo estaba capacitado para hacer mi trabajo, pero la sorpresa fue general. “He’s a boy!” exclamó al fin uno de ellos rompiendo el silencio general de la sala, como aquel niño del cuento que se atrevió a gritar en medio del desfile que el emperador estaba desnudo. Solo después de muchas horas de trabajo con ellos me gané su confianza.
Al parecer nadie esta contento del todo con su imagen. Todos quisieran un poquito menos o un poquito más de cualquier cosa: en el pecho, en las piernas, en los brazos, en el abdomen, por doquier. Como ya dije, no es que yo quiera que los años se me noten. Pero me doy cuenta de que el rostro dice mucho y el mío a veces se presta a engaños. Por ahora he decidido mostrarlo con alegría, porque tengo el presentimiento de que un buen día los años finalmente me van a alcanzar y cual versión criolla de Dorian Gray, mi imagen en el espejo reflejará finalmente mi edad, mientras que mi mente será de nuevo la de un niño grande, un abuelo senil. La vida tiene ironías así y a mi me encantan las ironías.
De todo esto se desprende una pregunta a manera de corolario: ¿los preferimos mayores, menores, de nuestra misma edad o nos es indiferente? Personalmente siempre me había sentido atraído hacia las personas menores que yo, aunque eso sí, mayores de veinte, pero eso ha venido cambiando con el paso de los años. Ahora me interesan más las personas de mi edad o donde la diferencia de edades (mental y cronológica) no se note mucho. Hay que decir sin embargo que conozco gente de veinte que mentalmente puede tener treinta y gente de treinta que no ha salido de la adolescencia, así que la simple edad no es garantía de nada. Por ahora no me he sentido realmente atraído por alguien mucho mayor que yo, ni siquiera los viejitos “lindos” que siempre salen a colación en estos temas, como Pierce Brosnan (que para mi ya es muy maduro) o Sean Connery (que eso sí, cuando joven era un churro).
Yo sé que existen personas a las que les encantan los más pollos, otros se mueren por los más maduritos. Hay de todo, como en botica. Creo que aunque me sigan gustando jovencitos, la verdad es que ahora sé que lo que busco de una pareja lo puedo encontrar más fácilmente en personas de mi edad o similares. Mi abuela tenía dos dichos: “El que se acuesta con niños amanece mojado” y “las edades se buscan”. ¿Será que tenía razón mi sabia abuela? Dicho de otra forma: ¿La diferencia de edad importa? Yo creo que en general sí. No me veo saliendo con alguien de 19 o de 40 porque creo que tendríamos poco en común, aunque eso mismo a veces sea una ventaja, pero claro, con los hombres nunca se sabe nada, no se puede hablar en términos absolutos, a lo mejor a la vuelta de un mes termino enamorado de mi vecino, un viejito setentón que fuma pipa y me mira con ensoñación, pero a quien nunca le he dirigido la palabra más allá del necesario “buenos días”. Debería charlar con él, tal vez se asombre al saber que no soy tan joven como piensa, auque a su edad, alguien de 25 o 31, viene a ser lo mismo.
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Apunte final 1: en MovieCity están dando la comedia romántica "Prime", donde la casi cuarentona Uma Thurman se enamora del churrísimo Bryan Greenberg de 23. La pobre Uma sufre un montón tratando de disfrutar un romance que no parece ir a ninguna parte. Me identifico totalmente con el drama de la pobre. No es una obre de arte, pero es entretenida y el churro enamora a cualquiera.Apunte final 2: con tanto congresista temblando por sus vínculos paras todo el Congreso se quedará hablando de eso y me temo que la Ley de Protección Social para Parejas del mismo Sexo no verá la luz en esta legislatura. Sería sorprendente que supiéramos algo nuevo en estas últimas semanas del 2006. Habrá que esperar hasta el otro año.
Apunte final 3: el Sungay de Cha-cha es B U E N I S I M O. Y si el lunes siguiente es festivo es dos veces buenísimo. Este domingo 19 se repite la función.
Apunte final 4: dos artículos de la misma edición de Semana.com que me parecieron increíblemente dicientes: en el primero, aquí en Colombia, un pastor cristiano despistado y ofensivo hace lobby usando pornografía barata para hundir la ley de Protección Social para Parejas del mismo Sexo, mientras que en Alemania, el acalde de Berlín es abiertamente gay y posible candidato para reemplazar a doña Angela Merkel. Por eso es que nosotros estamos donde estamos y ellos donde están.

