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martes, mayo 08, 2007

El último ladrido de Fernando Vallejo

En la pasada feria del libro compré El fuego secreto, una novela de Fernando Vallejo que el escritor antioqueño publicó en 1986 y que hace parte de su autobiografía El río del tiempo, que incluye otros cuatro títulos. El fuego secreto por lo que he visto hasta ahora, habla de sus tiempos de juventud en Medellín y está escrita, como siempre en él, con rabia, con dureza, con esa prosa que devora todo lo que toca. Vallejo no tiene pelos en la lengua, ninguno. Todo lo que piensa lo dice con inquina, con redundancia, para que quede bien claro cual es su visión del mundo, de Colombia y sus habitantes. No es apto para todos los públicos: clasificación "R". Y sin embargo, Vallejo es uno de los grandes escritores que ha dado Colombia. Hace poco, para no ir muy lejos, El Desbarrancadero y La Virgen de los sicarios fueron elegidas por expertos de toda Hispanoamérica como dos de las novelas más importantes escritas en castellano en los últimos 25 años.

Empecé a leerlo por curiosidad hace algunos años en la universidad, incrédulo de que existiese un escritor colombiano “excelente aunque homosexual” según palabras de un tontarrón compañero de clases a quien en todo caso agradezco habérmelo dado a conocer. Lo primero que pensé, luego de leer las primeras diez páginas de Años de indulgencia es que ese tipo estaba loco, que era un desadaptado y un rencoroso. Como el libro lo pedí prestado de la biblioteca de la universidad y tuve que devolverlo a las dos semanas, aún sin terminarlo, por mucho tiempo no volví a saber del escritor paisa. Hasta que luego volvió a hablarse de él cuando se hizo la versión cinematográfica de La Virgen de los sicarios. Nunca he visto esa película porque el día en que quise hacerlo unos locos sicópatas pusieron una bomba en el centro comercial donde estaba el teatro al que me dirigía. Fue uno de los días más aterradores de mi vida y puedo decir que mi segundo intento por asomarme al mundo de Vallejo casi me cuesta la vida. Frustrado pero nuevamente curioso, sin ningún deseo ya de ver la película, preferí comprar el libro y lo que leí esta vez me dejó impresionado. ¿Cómo no identificarme con la rabia infinita y la profunda violencia con la que estaba escrita esa novela si dos semanas antes medio centro comercial por donde yo transitaba inocentemente voló en mil pedazos? ¿Cómo no estar de acuerdo con que este país camina siempre al borde del precipicio? (aunque yo siempre quiera creer eso, que caminamos en el borde, mientras que Vallejo hace rato nos echó al fondo y nos dio a todos por muertos) Y además, ¿cómo no sentir pena por ese pobre diablo que se enamora de ese diablillo justiciero, tan bello como maldito, héroe de esa historia vertiginosa? Después de La Virgen no pude dejar de leer a Vallejo. Seguí luego con el hermoso pero desgarrador El desbarrancadero y luego las aventuras de Porfirio Barba-Jacob (como él, genio incomprendido en su patria, a parte de que homosexual irredento) en El Mensajero. Y así sucesivamente muchos otro libros, teniendo siempre mucho cuidado de leerlo con prevención, no sea que su dolor y rabia profundos se apoderen de mí. Y tomando siempre espacio entre uno y otro, porque para que todos tengamos claro cuál es su negra visión del mundo, no se cansa de repetirnos sus odios hasta el cansancio.

Tengo que decir aquí lo que más me magnetizó de su obra y su personalidad excéntrica, es su homosexualidad declarada, sin prejuicios y con orgullo. Proclama a a los cuatro vientos sus gustos sexuales. Sublima la belleza masculina. Sin embargo, coherente con su espíritu oscuro, su literatura está llena de relaciones dolorosas donde todo lo que importa es la belleza del amado. Lo único bello en el mundo apocalíptico de Vallejo toma la forma de hermosos muchachos. Y cuando éstos aparecen en sus páginas, todo se redime, al menos por fugaces momentos en que el maestro detiene su cólera para regalarnos hermosos poemas a la belleza, al amor (aunque sea un amor sombrío), a la esperanza. Son fugaces esos momentos de cielo azul, sí, pero son incontestables.

Vallejo, como muchos, no es profeta en su tierra. En el exterior es reconocido como uno de los grandes escritores colombianos (para muchos solo superado por García Márquez, para otros simplemente el mejor). Exiliado en México hace muchos años, la gente del común no sabe mucho de él aquí en Colombia. Sin embargo es el escritor más singular, profundo, rabioso, pulcro en estilo, desgarrador, cruel, inteligente, genial e histérico con que cuenta las letras colombianas. Para mí es simplemente el mejor. Es al que más he leído en los últimos años, al que más he seguido, al que más conozco. Y por lo mismo no me sorprende su decisión de renunciar a la nacionalidad colombiana. Solo a quienes no lo han leído les parecerá un exabrupto, una locura y hasta agradecerán su gesto. Sin embargo todo es una muestra de coherencia de su parte (y no sé hasta que punto, puro humor negro, negrísimo). En toda su obra Colombia aparece como la mala patria, la mala madre, la asesina. Y claro, como nadie quiere que le digan que la madre es una mala mujer (aunque lo sea), muchos lo odian y no ven más allá de sus improperios, como si a eso se limitara su obra. Como si atrás de tanta iracundia no hubiera un hombre asustado, herido y solitario. Su furia esconde a un genio torturado por sus propios fantasmas. Y ahora, luego de hacerse mexicano, el perro rabioso se convierte además en perro hereje que se atreve a negar a su madre patria. Como si bastara con decirlo para negar la patria. Como si ella no se llevara siempre adentro, respirando por cada poro, hablando por nosotros en nuestro acento, en nuestras formas, en nuestros recuerdos más profundos. Porque se puede negar el pasaporte, pero el espíritu labrado por la fuerza del pasado, del tiempo y la infancia, como bien lo sabe el viejo Vallejo, son innegables.

En El desbarrancadero, escribe:

“Colombia asesina, mala patria, ¡país hijo de puta engendro de España! ¿A quién estás matando ahora, loca?"

Ahí, en esa frase está pintado Fernando Vallejo, sin duda el más repudiado de los escritores que ha dado la “mala patria”. Y sin embargo, el grande, el maldito.

viernes, octubre 20, 2006

El Viejo Señor Cohen

Esta historia la escribí hace ya algún tiempo. En ese entonces estaba haciendo mi postgrado y en mi salón había alguien que me llamaba mucho la atención, pero como a veces soy medio tímido no tenía ni idea de como acercármele. Le mandé por e-mail y de manera anónima esta historia, diciendo, cursi yo, que se la enviaba un admirador. Otro día contaré qué paso con él. Ahí les va...

* * *

El viejo señor Cohen

Para Andrés, a quien desde lejos admiro.

El viejo señor Cohen sale del moderno edificio, cubriéndose el rostro con su mano huesuda, enceguecido por la luz de la mañana. La sensación de tibieza del sol lo reconforta y el joven ayudante que lo acompaña le pasa unas gafas del sol, talvez demasiado modernas para su apariencia. Un vehículo los espera. Su joven ayudante le indica que suba en él y el viejo señor Cohen lo hace lentamente, todavía no muy acostumbrado a mover sus largas y delgadas piernas. El auto se pone en movimiento, avanzando con pereza entre el tráfico. Al tomar la calle F, el viejo señor Cohen se asombra de cuanto ha cambiado su antigua calle del paseo vespertino. La vieja escuela pública ha desaparecido. Una torre de concreto y vidrio se alza desafiante en su lugar. La estatua del prócer ha sido reemplazada por algo que parece ser una cabina telefónica. Los viejos cedros ya no están. El viejo señor Cohen se estremece cuando el vehículo toma la Avenida Rosales y se aproxima a su mansión. Siente su corazón galopar más rápido y un escalofrío le recorre el cuerpo. Ahí está su antigua casa, tal como la dejó, aunque el vecindario es ahora tan diferente que casi no puede reconocerlo. Lentamente se abren las verjas de hierro. El jardín parece intacto, pero un vistazo rápido sobre el raquítico durazno le hace notar que Santias, el papagayo, ya no está. El ayudante baja del vehículo apresurado y abre la gigante puerta de la casa. El viejo señor Cohen lo sigue, y al entrar le complace ver por un rato que todo está en su lugar. Pide al ayudante que espere afuera. Jeremías, su hermoso collie, que siempre le ladraba a modo de saludo mientras batía el rabo, no sale esta vez a su encuentro. El silencio inquietante de la mansión lo acongoja. Se pasa el pañuelo de seda por la frente sudorosa. Va al salón y se detiene ante el piano. Su hija, muerta hace tiempo, ya no lo tocará más. Entra a su estudio y se sienta en la hermosa silla de cuero, frente al escritorio de caoba. Pasa un dedo sobre la brillante superficie y nota que no hay rastro de polvo sobre el mueble. Los de la compañía de limpieza habían hecho una labor excelente. Y ahí, al lado del teléfono, sobre la reluciente superficie, está su antigua libreta personal que lo había estado esperando pacientemente todos esos años. La toma con reverencia infinita. Está tan vieja que teme que se deshoje. Abre en la "C" y ve escrito con su letra: Cano, Felipe. Marca el número que aparece enfrente, indeciso. Una vocecilla metálica le dice que el número no existe. El sabe que ni siquiera su amado Felipe existe ya. El viejo señor Cohen llora. ¿A qué ha vuelto? ¿Para qué lo han resucitado? ¿Valdrá la pena la vida sin encontrarse todas las tardes con los niños de la escuela cercana a los que ponía dulces en sus manos impacientes? ¿Valdrá la pena despertar de la siesta sin oír los trabalenguas inteligibles de Santias? ¿Valdrá la pena llegar a casa sin ver la cara tonta que Jeremías ponía al saludarlo, no escuchar más la música del piano ni oler el fresco aroma de su hija, abrazándolo? ¿Valdrá la pena vivir sin escuchar del otro lado del teléfono la voz serena de su Felipe? Para estar sólo en la vida, para sentir que hasta la luz del sol es extraña, es mejor estar muerto. ¡Qué desperdicio haber pagado tanto dinero! Mejor se lo hubiera gastado en un viaje al Himalaya, como le sugirió su hija, ciento tres años antes, cuando pagó una cantidad inmensa para que lo congelaran el día que muriera.


E.D.R. ®